El niño se llamaba Iktan y tenía apenas diez años.
No conocía a sus padres. Lo único que sabía sobre su pasado era una historia que Don Eusebio —un viejo mendigo que sobrevivía bajo un puente junto al Canal de La Viga, en la Ciudad de México— le repetía desde pequeño.
Decía que una noche de tormenta, cuando Iktan tendría unos dos años, lo encontró flotando dentro de una vieja batea de plástico cerca de una zanja desbordada. El niño no hablaba, no caminaba y lloraba hasta quedarse sin aliento.
Llevaba solo dos cosas consigo:
una pulsera roja, tejida a mano y casi deshecha por el tiempo,
y un pedazo de papel mojado donde apenas podía distinguirse una palabra:“Iktan”.
Nada más.
Don Eusebio jamás supo si aquel nombre era real o inventado por alguien que quiso borrar su rastro para siempre. Aun así, empezó a llamarlo así, y con el tiempo el niño aprendió a reconocerse en ese nombre extraño, como si hubiera nacido unido a él.
La vida bajo el puente era fría y cruel.
Cada mañana, Don Eusebio salía a pedir monedas entre el humo y el ruido de los semáforos. Iktan a veces lo acompañaba, aunque prefería quedarse cerca del canal observando el agua oscura avanzar lentamente entre basura, sombras y reflejos quebrados de la ciudad.
Había algo inquietante en él.
Los perros callejeros se calmaban cuando lo veían.
Las ratas se acercaban sin miedo.
Y durante las lluvias, el agua parecía estremecerse a su alrededor.
—Tú no eres un niño cualquiera —le decía Don Eusebio en voz baja—. El agua te reconoce.
Iktan fingía reírse, pero aquellas palabras se le quedaban clavadas en el pecho.
Porque, en el fondo, sabía que algo no estaba bien.
Desde hacía años tenía sueños extraños.
Soñaba con corrientes negras bajo la tierra.
Con voces antiguas llamándolo desde la profundidad.
Con un río interminable donde miles de susurros repetían su nombre una y otra vez:
“Iktan…”
Siempre despertaba temblando.
La noche en que cumplió diez años llegó la tormenta más feroz que había visto.
El viento sacudía las láminas de metal y hacía crujir el puente entero. Don Eusebio dormía cubierto de periódicos húmedos cuando Iktan abrió los ojos sobresaltado.
Había oído algo.
No era un trueno.
Ni una voz humana.
Era un canto.
Un canto lejano que venía desde el canal.
El niño salió descalzo bajo la lluvia. El agua fría le golpeaba el rostro mientras avanzaba hacia la orilla.
Entonces lo vio.
Entre la corriente sucia flotaba una pequeña luz azul.
Latía suavemente.
Como un corazón escondido bajo el agua.
En ese instante, la vieja pulsera roja de su muñeca comenzó a arder.
Y el canto se volvió más fuerte.