Me llamo Rodrigo, tengo 59 años y tardé casi toda una vida en entender algo que ahora me parece obvio.
Durante años elegí a las mujeres por cómo se veían.
Así de simple.
Si una mujer no me impresionaba físicamente desde el primer momento, nunca me detenía a conocerla de verdad.
Y sí, tuve relaciones con mujeres hermosas.
Elena parecía sacada de una película. Estuvimos cuatro años juntos, pero los últimos dos vivimos como dos desconocidos compartiendo silencio.
Diana brillaba por fuera como nadie. Pero por dentro… no había nada donde quedarse.
Cristina fue intensa, inteligente, fuerte. Nos admirábamos y nos destruíamos al mismo tiempo. Amar parecía una competición.
Las tres relaciones terminaron.
Y después de la última me acostumbré demasiado a estar solo.
Hasta que apareció Lola.
Ya la conocía de hacía años. Siempre me había parecido agradable. Buena persona. Fácil hablar con ella.
Pero nunca la había mirado como mujer.
Porque no era “mi tipo”.
Una noche coincidimos en el cumpleaños de un amigo. Todos se fueron marchando y nosotros seguimos hablando durante horas. De la vida. Del miedo a hacerse mayor. De las cosas que uno calla demasiado tiempo.
Volvimos a quedar.
Y otra vez.
Y otra más.
Sin darme cuenta, empecé a esperar sus mensajes. A sonreír antes de verla. A sentirme tranquilo de una manera nueva para mí.
Con ella no tenía que impresionar.
No tenía que competir.
Podía simplemente ser yo.
Y entonces entendí algo que me dolió reconocer:
Había pasado media vida persiguiendo lo que brillaba por fuera, mientras ignoraba a personas que quizá eran exactamente lo que necesitaba.
No existen mujeres “que no valen la pena”.
Existen personas a las que nunca les dimos el tiempo suficiente para mostrarse de verdad.
Lola y yo llevamos trece meses juntos. El sábado pasado caminamos junto a la ría, comimos en un bar cualquiera y hablamos durante horas de cosas simples.
Y fue uno de los días más felices que recuerdo.
A veces lo mejor de tu vida no llega como un incendio.
A veces llega en silencio… y se queda. 🤍